Mostrando las entradas con la etiqueta Platón. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Platón. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de febrero de 2025

Tema 2: El problema del conocimiento - La realidad según Platón

Platón, aquel filosofo de la Grecia clásica que escribió tanto la "Apología de Sócrates" como "El banquete", dos textos que analizamos en el tema 1, nació en el 427 y murió en el 327 (ambas fechas a.C.). Es el primer filósofo que nos va ayudar a pensar en nuestro segundo tema: el problema del conocimiento.

Platón sostenía que la realidad se divide en dos planos: el terrenal y el ideal. En el primero encontramos los entes (las personas y los objetos), a los cuales accedemos mediante nuestros sentidos y es un plano que se caracteriza por ser cambiante. Este plano es una copia del plano original, que es el ideal. En este otro plano no hay entes, sino ideas a las cuales accedemos mediante nuestra razón. Además, este plano es inmutable, es decir, no sufre cambios.

A la hora de pensar en el conocimiento el filósofo griego separa la doxa de la episteme. La primera es el terreno de la opinión, de lo opinable, de hablar de lo que vemos. Es un terreno donde abunda la subjetividad y los cambios. Las opiniones cambian según la persona que opine, e incluso una misma persona puede opinar cosas diferentes en dos momentos distintos de su vida. Es esta subjetividad y variabilidad lo que hace que la doxa no sea verdadero conocimiento. Aquí Platón ubica al arte, a la política y al sentido común. Este es el terreno en el que los sofistas y divulgadores saben qué decir para ganarse el apoyo del vulgo. En cambio, la segunda es el terreno del verdadero conocimiento, no solo objetivo, sino también inmutable, un terreno que concebimos, antes que vemos. Este es el lugar de la ciencia y de la filosofía, dos disciplinas que nos muestran saberes que el público general rechaza.

Para explicar mejor estas ideas que esbozamos, Platón utiliza la "Alegoría de la caverna", un relato que reproduzco a continuación:

—Después de eso —proseguí— compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor las cabeza. Más arriba y más lejos se halla l luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.

—Me lo imagino.

—Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.

—Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.

—Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?

Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.

¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro del tabique?

Indudablemente.

Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven?

Necesariamente.

Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿ no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?

¡Por Zeus que sí!

¿ Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados?

—Es de toda necesidad.

Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y , al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿ Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿ no piensas que se sentiría en dificultades y que considerará que las cosas que antes veía eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?

Mucho más verdaderas.

Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?

Así es.

Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿ no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos ?

Por cierto, al menos inmediatamente.

Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.

Sin duda.

Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo cómo es en sí y por sí, en su propio ámbito.

Necesariamente.

Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto.

Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.

Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?

Por cierto.

Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquellos? ¿ O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y "preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre" o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida ?

Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.

Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?

Sin duda.

Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?

Seguramente.

Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que anteriormente ha sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada-prisión, y la luz del fuego que ha en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mi me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.

Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.

Mira también si lo compartes en esto: no hay que asombrarse de que quienes han llegado allí no estén dispuestos a ocuparse de los asuntos humanos, sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo arriba; lo cual es natural, si la alegoría descrita es correcta también en esto.

Muy natural.

Tampoco sería extraño que, de contemplar las cosas divinas, pasara a las humanas, se comportase desmañadamente y quedara en ridículo por ver de modo confuso y, no acostumbrado aún en forma suficiente a las tinieblas circundantes, se viera forzado, en los tribunales o en cualquier otra parte, a disputar sobre sombras de justicia o sobre las figurillas de las cuales hay sombras, y a reñir sobre esto del modo en que esto es discutido por quienes jamás han visto la justicia en sí.

De ninguna manera sería extraño.

Pero si alguien tiene sentido común, recuerda que los ojos pueden ver confusamente por dos tipos de perturbaciones: uno al trasladarse de la luz a la tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz; y al considerar que esto es lo que le sucede al alma, en lugar de reírse irracionalmente cuando la ve perturbada e incapacitada de mirar algo, habrá de examinar cuál de los dos casos es: si es que al salir de una vida luminosa ve confusamente por falta de hábito, o si, viniendo de una mayor ignorancia hacia lo más luminoso, es obnubilada por el resplandor. Así, en un caso se felicitará de lo que le sucede y de la vida a que accede; mientras en el otro se apiadará, y si se quiere reír de ella, su risa será menos absurda que si se descarga sobre el alma que desciende de la luz.

sábado, 18 de enero de 2025

Tema 1: Filosofía, ciencia y sentido común - "El banquete"

En una entrada anterior mencionamos la mayéutica, el método socrático para filosofar. Hoy hablaremos de "El banquete", un diálogo platónico que muestra a este método en acción (y el cuál podés leer completo acá).

"El banquete" relata una reunión entre varios atenienses en casa de un artista llamado Agatón que celebraba con comida, bebida y allegados el haber ganado una competencia artística recientemente. Una vez terminan de comer, deciden beber y poner una consigna para ese momento: cada uno deberá realizar, por turno, una alabanza al dios Eros, el dios griego del amor.

Comienza Fedro diciendo que Eros es el dios más antiguo y que más beneficia a los hombres ya que es el amor el que nos enseña la vergüenza. Este sentimiento nos disuade de hacer actos vergonzosos, sobre todo ante la posibilidad de que un ser amado nos vea haciéndolos. Por ende el amor nos marcaría un camino recto y honroso a seguir. Fedro ejemplifica el poder del amor al sostener que un ejército de enamorados sería el más poderoso de la tierra ya que nadie querría verse débil o cobarde ante su amado. El amor es tan fuerte, culmina Fedro, que hasta algunas mujeres (consideradas inferiores) son capaces de dar la vida por quienes aman, por ejemplo, por sus hijos.

Tras otras intervenciones, que no son mencionadas en el propio diálogo por considerarse menos relevantes, le toca el turno a Pausanias, el amante de Agatón. Pausanias sostiene que en realidad existen dos Eros, no uno, así como también existen dos Afroditas. Y es que, continúa Pausanias, ninguna acción es en sí misma bella o buena, sino que depende de cómo se haga. Por ejemplo, beber puede ser malo en otros contextos, o bueno en este, dónde además de beber se alaba a un dios. Por ende, no todo amor es bueno. Habría dos amores, sostiene Pausanias, uno vulgar de los hombres vulgares que aman a mujeres y a hombres jóvenes y otro, superior, de hombres que aman a otros hombres. En el primero, el amante prefiere a estas personas de poca inteligencia para poder disfrutar de sus cuerpos. En el segundo, los hombres (más fuertes e inteligentes por naturaleza, según Pausanias, que las mujeres) se enamoran de un igual atraídos por sus almas. El segundo tipo de amor sería más duradero ya que el alma no se deteriora, con lo cual el paso del tiempo no hace mella en este tipo de amor, pero sí en el otro, ya que los cuerpos se vuelven menos apetecibles con el paso de los años.

La próxima alabanza que recoge el texto es la del médico Erixímaco. Él amplia lo dicho por Pausanias al sostener que no solo existe amor por cuerpos y almas, sino también por otras cosas, como los animales, el amor del que nace su profesión. Así, otras profesiones incluyen amores por otras cosas que no son ni cuerpos ni almas humanas.

La siguiente alabanza es la del cómico Aristófanes que cuenta el supuesto origen de la humanidad. Así, en un inicio había tres sexos, relata el cómico, hombres, mujeres y andróginos. Y esto es porque los humanos eran seres circulares, compuestos de dos cabezas, cuatro brazos, cuatro piernas, etc., es decir, estos seres eran como dos humanos actuales abrazados que formaban un solo ser. Según Aristófanes, estos antiguos humanos eran fuertes y arrogantes y trataron de ir al Olimpo a pelear con los dioses. Estos últimos los castigaron partiéndolos a la mitad, para hacerlos más débiles. No los mataron puesto que así perderían quienes les ofrecen sacrificios y honores. El problema fue que las mitades separadas se buscaban constantemente y o morían en la búsqueda de su otra mitad, o encontraban a su otra mitad e igualmente morían puesto que no querían hacer otra cosa que abrazarse. Ante esta situación los dioses le dieron la capacidad de reproducirse a los seres humanos, para que de sus "abrazos" nacieran nuevos humanos. Finalmente, Aristófanes afirma que cada uno de nosotros es una mitad que busca su otra mitad y que solo seremos felices al encontrarla.

Llega el turno del anfitrión, Agatón, que protesta diciendo que todos los que hablaron antes de él nombraron los bienes que Eros da a los hombres, pero no dijeron nada de Eros en sí. Por ello, Agatón sostiene que Eros es el más feliz, el más bello y el mejor de los dioses; que también es eternamente joven, para mantener la belleza, y que es delicado ya que habita el alma de otros dioses y de las personas. Por último, que al inspirar a los poetas, capaces de bellos y sabios poemas, debe ser también sabio.

Y así llegamos finalmente a Sócrates que irónicamente dice que parece que él no sabe alabar, puesto que pensaba que para alabar había que decir la verdad sobre lo que se alaba, cosa que no hizo nadie previamente. Más bien todos se dedicaron a decir lo mejor y más bello que podían decir sobre Eros sin importar si era una verdad. Tras esto, el filósofo se propone a usar la mayéutica con Agatón, para que sea el anfitrión el que termine llegando por él mismo a la verdad sobre Eros. Estas son las preguntas de Sócrates, con las consiguientes respuestas de Agatón.

  • ¿Es Eros amor de algo? Sí
  • ¿Se desea lo que se ama? Sí
  • ¿Alguien desea lo que ya tiene? (por ejemplo alguien fuerte ser fuerte) No
  • ¿Se desea lo que no se tiene? Sí
  • ¿Eros ama la belleza? Sí
  • ¿Entonces si ama la belleza no es bello? Sí
  • ¿Y, dado que lo bueno es bello, si Eros no es bello no es bueno? Así parece...

Tras este intercambio Agatón termina concluyendo que Eros es feo y malo, lo cuál no tiene sentido para el dios del amor. Entonces Sócrates se propone resolver esta aparente incoherencia.

Nuevamente Sócrates empieza con una ironía, diciendo que lo que sabe de Eros lo aprendió de Diotimia, una mujer (recordemos que los griegos en general consideraban a las mujeres inferiores). El filósofo plantea el paralelismo al interrogar si todo aquel que no es sabio es necesariamente ignorante. Entonces, así como hay algo intermedio entre la ignorancia total y la sabiduría absoluta, así también hay un intermedio entre la belleza y la fealdad y entre lo bueno y lo malo. Eros, dice Sócrates, ama la sabiduría de las cosas más bellas y ¿qué tipo de ser ama la sabiduría? uno que no sea ni el sabio, que ya la tiene, ni el ignorante, que la desprecia. Ese ser no es otro que el filósofo, el amante de la sabiduría, por lo cual Eros sería más bien el dios de los filósofos, antes que el dios de los artistas, como creía Agatón.

lunes, 13 de enero de 2025

Tema 1: Filosofía, ciencia y sentido común - "Apología de Sócrates"

En entradas anteriores ya adelantamos que para ciertas corrientes Sócrates es el "padre de la filosofía", y si bien otras corrientes filosóficas no coinciden, todos los filósofos estamos más o menos de acuerdo en que el pensador griego es un representante fundamental de nuestra disciplina.

Sócrates fue un filósofo nacido en Grecia, Atenas, en el año 470 a.C. Falleció en el mismo sitio, en el año 399 a.C. condenado a suicidarse. Dicha condena fue producto de un juicio que su discípulo Platón relata en el libro "Apología de Sócrates". Acá pueden consultar el texto completo.

En esta entrada mencionaremos los puntos centrales del texto platónico, como manera de conocer mejor en qué consistió la labor filosófica de Sócrates.

La apología comienza con el filósofo afirmando que sus acusadores solo dicen mentiras y que particularmente le llama la atención que justamente ellos lo acusen de que puede engañar a los demás mediante la elocuencia. Inmediatamente Sócrates establece la idea de que es más importante lo que se dice que la forma en que se dice, es decir, que lo fundamental es decir la verdad y no cómo se dice. Este inicio es muy importante ya que dentro de los acusadores del filósofo se encuentran los sofistas, unos especialistas de la oratoria, la persuasión y la elocuencia de los que Sócrates quiere constantemente diferenciarse.

Tras esto, Sócrates dice que empezará por defenderse de la acusación de que él investiga las "cosas del cielo" y que quienes realizan tales estudios no creen en los dioses. Estas acusaciones, además, no sabe exactamente quienes las hacen ya que son más bien rumores malintencionados que varias personas han difundido. Aquí, el filósofo primero responde diciendo que nadie de los presentes lo ha escuchado nunca hablar de dichos asuntos y que, por otro lado, él sabe de dónde proviene el odio que motiva esas mentiras. Así, procede a contar lo que le sucedió a su amigo Querefonte.

Un tiempo atrás, Querefonte visitó el oráculo de Delfos (podés aprender más de dicho oráculo acá) y preguntó si existía un hombre más sabio que Sócrates, a lo cual el oráculo contestó que no. El filósofo, sabiendo que los dioses no mienten, se preguntó porque ellos lo consideraban el más sabio, ya que a él mismo no le quedaba claro ese punto. Para corroborar esta afirmación, Sócrates fue a hablar con un político considerado muy sabio. Sin embargo, descubrió que si bien él mismo se consideraba sabio y que también había otras personas que lo consideraban así, realmente desconocía cosas que creía saber y que, en efecto, no era un sabio. Tras ello fue a hablar con otros políticos, poetas y artistas y en todos ellos observó lo mismo: creían saber cosas que realmente no sabían y se consideraban sabios, incluso eran tratados como tales, cuando verdaderamente no lo eran. Así, Sócrates llega a la conclusión que al saber que él no es sabio ya sabe más que los supuestos sabios, esto es, el filósofo es consciente de su propia ignorancia.

Es importante detenernos aquí, ya que es fundamental aclarar el sentido de todas estas afirmaciones, muchas veces malinterpretadas. Cuando Sócrates se declara ignorante lo hace frente a la sabiduría absoluta, algo que solo los dioses pueden ostentar, así, no es que Sócrates no sepa nada, sino que sabe que su conocimiento como humano estará siempre alejado de la sabiduría real, completa, de las deidades.

Retomando, el filósofo considera que las acusaciones de que no cree en los dioses proviene de los supuestos sabios que él dejó expuestos como falsos y de los seguidores de aquellos. Tras esto, Sócrates se defiende de las acusaciones más recientes, realizadas, entre otros, por el poeta Melito.

Melito acusa a Sócrates de corromper a la juventud y de, nuevamente, creer en otros dioses. Ante esto el filósofo utiliza la mayéutica, de la cual hablaremos en otra entrada, un método por el cual es el propio poeta el que queda en evidencia al considerar que todos los atenienses forman a la juventud, salvo Sócrates, que los corrompería, lo cual es, a todas luces, un absurdo. Sobre esto el filósofo confiesa no hacer otra cosa que ir por todas partes tratando de persuadir tanto a jóvenes como a viejos de que presten menos atención al cuerpo y las riquezas y más al desarrollo de sus almas (aquí es importante remarcar que para los antiguos griegos el alma es un concepto que se relaciona íntimamente con lo que nosotros denominamos "mente"). Además, Sócrates logra que Melito confiese que es mejor vivir entre personas buenas y no malas, por tanto el filósofo debería ser tonto al corromper a la juventud y rodearse de personas malvadas. O sea que o Sócrates corrompe jóvenes sin saberlo, lo cual no era penable en su sociedad, o Sócrates debería ser un necio al corromper jóvenes que luego podrían dañarlo. 

Finalmente, Sócrates hace una defensa en favor de los atenienses y no de sí mismo, ya que sostiene que es la polis la que sufrirá una gran pérdida si él es condenado. En efecto, puede que Sócrates sea como una tábano (insecto similar a la mosca), que es molesto, pero esa molestia es necesaria ya que la función de despertar y reprochar a los atenienses es algo que ellos necesitan. En este punto el filósofo también aclara por que actuó siempre en privado y no en público y es que oponerse a las injusticias de un pueblo públicamente hubiera llevado a la muerte a Sócrates hace ya mucho tiempo.

Finalizada la defensa del filósofo, los jueces, que eran 556, votan y resulta Sócrates condenado con 281 votos en contra y 275 a favor. Así, el filósofo es condenado por apenas 6 votos. Tras esto el filósofo dice que siendo pobre lo único que podría ofrecer para no ser condenado es una moneda de plata, pero que sus discípulos y amigos están dispuestos a pagar por el 30 monedas de plata. Los jueces no aceptan el pago y condenan, finalmente, a Sócrates a muerte.

Ya condenado, Sócrates le habla a los jueces que lo condenaron y a los que trataron de absolverlo. A los primeros les advierte que si creen que deshaciendose del filósofo van a poder seguir su vida reprochable sin que nadie más los reproche están equivocados porque detrás de Sócrates vendrán otros que los amonesten como él. La manera de que no te reprochen ser injusto, afirma el filósofo, no es eliminar al que reprocha sino abrazar una vida honrada. Mientras tanto, a los otros jueces, los que quisieron absolverlo, Sócrates les pide que le causen las mismas "molestias" a sus hijos que él les causó a los atenienses.


  

Tema 3 - Ética: El hombre mediocre

José Ingenieros (1877-1925) fue un médico psiquiatra, psicólogo, escritor y filósofo italoargentino. Una de sus obras más famosas es "E...